Durante mucho tiempo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad se explicó casi exclusivamente desde la conducta: dificultad para concentrarse, impulsividad, desorganización, inquietud o problemas para terminar tareas. Esa descripción sigue siendo válida, pero se queda corta para muchas personas adultas.
En consultas médicas y psicológicas aparece con frecuencia una realidad más amplia. Adultos con TDAH también hablan de migrañas recurrentes, sueño poco reparador, agotamiento, tensión muscular, molestias gastrointestinales, dolor generalizado o tratamientos difíciles de sostener. Hasta hace poco, estas experiencias solían atenderse por separado: la concentración en psiquiatría, la migraña en neurología, el dolor en reumatología o rehabilitación y el cansancio como un problema adicional.
La investigación reciente está cuestionando esa fragmentación.
Un estudio publicado en abril de 2026 en Scientific Reports encontró una proporción elevada de síntomas compatibles con TDAH entre personas atendidas por dolor crónico persistente en centros especializados de Japón. Otra investigación de 2026, realizada por un equipo de Brighton and Sussex Medical School, identificó tasas llamativamente altas de rasgos neurodivergentes en pacientes con dolor o fatiga crónicos y propuso que la hipermovilidad articular podría formar parte de la conexión.
Estos resultados son importantes, pero necesitan una lectura cuidadosa. No prueban que el TDAH provoque dolor, que todas las personas con dolor crónico tengan un TDAH no diagnosticado ni que exista una única causa biológica compartida. Lo que sí sugieren es que el cuerpo, la atención, el estrés, el sueño y la regulación emocional podrían estar interactuando de una manera que la atención médica tradicional no siempre contempla.
El estudio japonés que reabrió la conversación
El trabajo dirigido por Satoshi Kasahara evaluó a 958 adultos que acudieron por primera vez a centros multidisciplinares de dolor en Japón. No se trataba de una muestra de población general: eran personas cuyo dolor persistía pese a haber recibido tratamientos convencionales.
El 17.1 % obtuvo un resultado positivo en el cuestionario de cribado para TDAH. Como referencia, los investigadores compararon esta cifra con una tasa previa de 7.2 % encontrada mediante instrumentos semejantes en población general japonesa. De esa comparación procede la afirmación de que los rasgos de TDAH eran aproximadamente 2.4 veces más frecuentes en esta población clínica. Entre quienes calificaron su dolor promedio con 9 o 10 sobre 10, el porcentaje de cribado positivo aumentó hasta 27.4 %.
Es un resultado llamativo, aunque no equivale a decir que el 27.4 % tuviera un diagnóstico confirmado. El estudio utilizó la Adult ADHD Self-Report Scale, una herramienta útil para detectar posibles casos que necesitan una evaluación más profunda, pero que no sustituye una entrevista clínica, la revisión de síntomas desde la infancia ni el análisis del deterioro funcional.
Además, el diseño fue transversal. Esto significa que el TDAH y el dolor se midieron en un mismo momento, por lo que no es posible determinar qué apareció primero ni establecer causalidad.
El hallazgo más interesante quizá no sea solo la frecuencia de rasgos de TDAH, sino la forma en que estos se relacionaron con la intensidad del dolor. Cuando los investigadores ajustaron los análisis considerando ansiedad, depresión y catastrofización —la tendencia a interpretar el dolor como incontrolable, insoportable o inevitablemente dañino—, la relación directa entre TDAH y dolor extremo se debilitó.
Los modelos estadísticos sugirieron una ruta indirecta: los síntomas de TDAH podrían relacionarse con mayor malestar emocional y con formas de interpretar el dolor que, a su vez, incrementan su intensidad o interferencia. Esto no significa que el dolor sea imaginario ni “psicológico”. Significa que la experiencia dolorosa se construye mediante la interacción entre señales corporales, procesamiento cerebral, emociones, expectativas, sueño, contexto y aprendizaje.

Dolor crónico y TDAH: una relación posiblemente bidireccional
Una persona con TDAH puede tener dificultades para filtrar estímulos irrelevantes, cambiar voluntariamente el foco atencional o regular respuestas emocionales intensas. Cuando aparece dolor, estas características podrían hacer más difícil desenganchar la atención de las sensaciones corporales, organizar estrategias de autocuidado o evitar que una crisis física domine todo el día.
Pero la dirección contraria también es posible.
El dolor persistente consume recursos cognitivos. Interrumpe el sueño, reduce la memoria de trabajo, dificulta planificar y hace más costoso mantener la atención. Una persona sin TDAH puede presentar olvidos, desorganización o niebla mental como consecuencia de años de dolor, fatiga o medicación. Por eso, un cuestionario positivo no permite asumir automáticamente que existe un trastorno neurodevelopmental previo.
La pregunta clínica correcta no es simplemente “¿el dolor causa TDAH o el TDAH causa dolor?”. Es más útil preguntar si ambos problemas están formando un circuito que se retroalimenta:
Dolor → peor sueño → menor control ejecutivo → más estrés y desorganización → menor adherencia al tratamiento → mayor interferencia del dolor.
En la dirección opuesta:
TDAH no identificado → rutinas inestables, sobrecarga y estrés crónico → peor descanso y recuperación → mayor vulnerabilidad al dolor → más dificultades cognitivas.
Este enfoque circular evita reducir el problema a una sola causa y permite intervenir en distintos puntos del sistema.
Migraña y TDAH: la asociación más consistente
La relación entre TDAH y migraña no apareció en 2026. Los datos llevan más de una década acumulándose.
Un estudio clínico noruego encontró migraña en el 28.3 % de 572 adultos con TDAH, frente al 19.2 % de 675 controles de la comunidad. Esas son las cifras que recientemente han vuelto a circular en artículos divulgativos, pero proceden de una investigación publicada en 2011, no de un descubrimiento nuevo.
En 2018, un estudio con 26,456 donantes de sangre daneses halló que la migraña se asociaba con una probabilidad 1.81 veces mayor de obtener puntuaciones compatibles con TDAH, incluso después de ajustar por edad y sexo. La asociación fue algo más marcada en personas que reportaban alteraciones visuales vinculadas con la migraña.
Una investigación longitudinal de 2022 también encontró un riesgo elevado de migraña entre personas con TDAH, lo que refuerza la idea de que la coincidencia no se explica únicamente por sesgos de una sola clínica o por un cuestionario puntual.
¿Por qué podrían coincidir?
Una posibilidad es que compartan parcialmente mecanismos relacionados con dopamina, noradrenalina, excitabilidad neuronal y regulación sensorial. Otra es que factores frecuentes en el TDAH —irregularidad del sueño, estrés, alimentación desorganizada, saltarse comidas, dificultad para reconocer señales corporales y sobrecarga sensorial— faciliten ataques de migraña en personas vulnerables.
También intervienen variables como el sexo, las hormonas, la ansiedad y la depresión. La asociación existe a nivel poblacional, pero no implica que la migraña sea un síntoma de TDAH ni que todos los ataques puedan prevenirse tratando exclusivamente la atención.
Hipermovilidad: una pista interesante, no la explicación definitiva
El estudio de Brighton and Sussex comparó a 83 adultos con dolor o fatiga crónicos —incluyendo cuadros como fibromialgia y encefalomielitis miálgica/síndrome de fatiga crónica— con 91 personas sin problemas importantes de salud.
El grupo clínico tuvo una probabilidad aproximadamente 13 veces mayor de alcanzar el punto de corte de un cribado de TDAH y 14 veces mayor de alcanzar el correspondiente a autismo. Hasta un 70 % presentó resultados iniciales compatibles con alguna de estas condiciones, aunque la mayoría no contaba con un diagnóstico formal.
La investigación examinó además la hipermovilidad articular, es decir, un rango de movimiento superior al habitual relacionado con variaciones del tejido conectivo. Los análisis plantearon que la hipermovilidad podía mediar estadísticamente parte de la relación entre rasgos neurodivergentes y dolor o fatiga crónicos.
“Mediar estadísticamente” no significa demostrar que la hipermovilidad sea la causa biológica del TDAH o del dolor. Significa que, dentro de esa muestra, parte de la asociación podía explicarse al introducir esa variable en el modelo.
La muestra, además, fue pequeña. Será necesario replicar los resultados en grupos más numerosos, diversos y evaluados mediante diagnósticos clínicos. Tampoco toda persona flexible tiene un trastorno del espectro de hipermovilidad: muchas presentan hipermovilidad sin dolor, lesiones ni deterioro funcional.
Aun con esas limitaciones, la hipótesis es clínicamente útil. En una persona con TDAH, dolor musculoesquelético, esguinces repetidos, inestabilidad articular, mareos al ponerse de pie, fatiga intensa o antecedentes familiares semejantes, explorar la hipermovilidad puede aportar información que se perdería al analizar cada síntoma por separado.
¿Y las enfermedades autoinmunes?
Aquí es donde más cuidado necesita la divulgación.
Un análisis publicado en 2024 en Acta Psychiatrica Scandinavica utilizó registros de atención sanitaria representativos de la población alemana. Identificó a 87,394 personas con diagnóstico de TDAH dentro de una base de casi 4.9 millones y comparó la frecuencia de numerosas condiciones físicas.
Los investigadores encontraron asociaciones elevadas con fibromialgia, con una razón de momios u odds ratio de 3.33, y con lupus eritematoso sistémico, con una OR de 2.17. También observaron asociaciones con trastornos del sueño, problemas tiroideos, enfermedad celíaca y otras condiciones.
Estos datos no proceden de “registros médicos globales”, sino de reclamaciones y diagnósticos sanitarios en Alemania. Tampoco permiten concluir que el TDAH cause lupus o fibromialgia. Las bases administrativas pueden detectar patrones amplios, pero no siempre distinguen con precisión los mecanismos que los producen.
Existe, además, una corrección conceptual importante: la fibromialgia no se clasifica actualmente como una enfermedad autoinmune. Se entiende principalmente como un trastorno de dolor nociplástico, caracterizado por alteraciones en el procesamiento del dolor, aunque la investigación continúa explorando posibles componentes inmunológicos en algunos subgrupos.
La evidencia genética reciente también pide prudencia. Un estudio de aleatorización mendeliana publicado en 2025 examinó la posible relación causal entre predisposición genética al TDAH y ocho enfermedades autoinmunes. Encontró una asociación significativa con psoriasis, pero no con lupus, artritis reumatoide, enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, diabetes tipo 1, esclerosis múltiple o espondilitis anquilosante después de aplicar correcciones estadísticas.
Por lo tanto, el mensaje correcto no es “el TDAH aumenta comprobablemente el riesgo de autoinmunidad”. Es más preciso decir que algunos estudios observacionales encuentran una mayor coexistencia de TDAH con determinadas enfermedades físicas, mientras que los análisis diseñados para aproximarse a la causalidad ofrecen resultados mixtos.
Cuatro mecanismos que podrían conectar el TDAH con el dolor
No existe un único mecanismo confirmado. La explicación más sólida es probablemente una combinación variable de procesos.
1. Atención, inhibición y modulación del dolor
La dopamina y la noradrenalina participan en redes cerebrales relacionadas con atención, motivación, inhibición y evaluación de estímulos. También intervienen, junto con otros neurotransmisores, en vías descendentes que pueden inhibir o facilitar la transmisión del dolor.
Esto hace plausible que algunas diferencias neurobiológicas vinculadas al TDAH influyan en la sensibilidad o en la capacidad de apartar la atención del dolor. Sin embargo, describirlo como una “falla química” que necesariamente magnifica todas las señales dolorosas sería una simplificación excesiva.
Un pequeño estudio experimental encontró mayor sensibilidad al dolor en adultos con TDAH y una modificación parcial de esa respuesta después de administrar metilfenidato. El resultado es interesante, pero no basta para convertir el medicamento en un analgésico de uso clínico.
2. Regulación emocional y catastrofización
El TDAH adulto suele acompañarse de dificultades para modular frustración, irritabilidad, ansiedad o reacciones emocionales rápidas. El dolor, por su parte, se intensifica cuando el sistema nervioso interpreta una sensación como altamente amenazante, impredecible o imposible de controlar.
Esto no invalida el dolor. La catastrofización no inventa una lesión ni convierte un síntoma físico en imaginario. Puede, sin embargo, aumentar la vigilancia corporal, la tensión muscular, la evitación, el miedo al movimiento y la interferencia funcional.
El estudio japonés de 2026 situó precisamente a la ansiedad, la depresión y la catastrofización como posibles vías que conectaban los rasgos de TDAH con el dolor más intenso.
3. Sueño, función ejecutiva y adherencia
Dormir mal aumenta la sensibilidad al dolor. Sentir dolor dificulta dormir. El TDAH, a su vez, se relaciona con horarios irregulares, postergación del sueño, dificultad para detener actividades estimulantes y problemas para construir rutinas estables.
La función ejecutiva también influye en tareas aparentemente sencillas: tomar la medicación a la hora indicada, registrar síntomas, acudir a citas, realizar ejercicios de rehabilitación, preparar alimentos, hidratarse o reconocer cuándo es necesario descansar.
Cuando estas tareas fallan, no siempre se trata de desinterés o poca disciplina. Pueden requerir apoyos externos, recordatorios, simplificación de instrucciones y planes adaptados a la forma en que funciona la persona.
4. Estrés, inflamación e hipermovilidad
La inflamación es uno de los campos más atractivos para explicar la relación entre salud mental y física, pero también uno de los que más fácilmente se exageran.
Un estudio de 2024 analizó 96 proteínas inflamatorias en 126 adultos con TDAH y encontró dos perfiles diferentes: uno con mayor y otro con menor potencial inflamatorio. El perfil más inflamatorio se relacionó principalmente con mayor estrés crónico, no con un subtipo específico de TDAH. Los propios investigadores señalaron que la evidencia era todavía insuficiente para recomendar tratamientos antiinflamatorios.
Esto sugiere heterogeneidad. Algunas personas con TDAH podrían presentar inflamación periférica elevada, mientras que otras no. También es posible que el estrés, el sueño, el tabaquismo, la alimentación, otras enfermedades o los medicamentos expliquen parte de las diferencias.
No hay evidencia suficiente para afirmar que una “neuroinflamación crónica del TDAH” provoque directamente brotes autoinmunes. Esa hipótesis continúa abierta, pero todavía no puede presentarse como un mecanismo demostrado.

Lo que debería cambiar en la práctica clínica
El principal cambio no consiste en dar estimulantes a todas las personas con dolor crónico. Consiste en dejar de evaluar la mente y el cuerpo como compartimentos independientes.
En una clínica de dolor, podría ser razonable explorar síntomas de TDAH cuando existe una historia persistente de desorganización, impulsividad, inquietud, problemas académicos o laborales desde la infancia, olvidos frecuentes, dificultad para seguir tratamientos y regulación emocional intensa.
De forma inversa, en la evaluación de un adulto con TDAH conviene preguntar por migraña, dolor generalizado, sueño, fatiga, lesiones repetidas, hipermovilidad, mareos, síntomas gastrointestinales y enfermedades médicas diagnosticadas.
El cribado debe ser solo el primer paso. Un diagnóstico de TDAH requiere comprobar que varios síntomas estaban presentes durante el desarrollo, aparecen en más de un contexto y generan un deterioro que no se explica mejor por dolor, ansiedad, depresión, trauma, privación de sueño, consumo de sustancias u otra condición médica.
El tratamiento integrado puede combinar:
- atención médica específica para la causa o tipo de dolor;
- evaluación y tratamiento formal del TDAH cuando esté indicado;
- intervención sobre sueño y ritmos diarios;
- terapia cognitivo-conductual adaptada al dolor;
- estrategias de regulación emocional;
- rehabilitación o ejercicio dosificado según el estado físico;
- prevención y manejo neurológico de la migraña;
- apoyos ejecutivos para mejorar la adherencia;
- valoración de hipermovilidad cuando existen señales compatibles.
El objetivo no es psicologizar el dolor ni atribuir todos los síntomas físicos a la neurodivergencia. Tampoco es convertir cada dolor de cabeza en una señal de TDAH. Se trata de reconocer que dos condiciones reales pueden coexistir, influirse y necesitar una planificación coordinada.
¿Los medicamentos para TDAH pueden reducir el dolor?
La respuesta honesta es: en algunas personas podría ocurrir, pero todavía no contamos con evidencia suficiente para usar estos fármacos como tratamiento general del dolor crónico.
Existen estudios experimentales pequeños, series clínicas y reportes de caso en los que metilfenidato, atomoxetina u otros tratamientos dirigidos al TDAH se acompañaron de una reducción del dolor o de la niebla cognitiva. Uno de los reportes publicados en 2023 describió una mejoría del dolor crónico después del tratamiento con metilfenidato en un adulto con TDAH.
Este nivel de evidencia sirve para generar hipótesis, no para establecer una recomendación terapéutica. Los estimulantes tienen indicaciones, contraindicaciones y posibles efectos adversos cardiovasculares, de sueño, apetito, ansiedad o cefalea. Su uso debe basarse en una evaluación clínica del TDAH, no en la expectativa de que funcionen como analgésicos.
Cuando tratar el TDAH mejora el dolor, puede deberse a varios factores: mejor sueño, menor desorganización, mayor adherencia, reducción del estrés, capacidad para realizar rehabilitación o cambios en el procesamiento atencional. No necesariamente implica una acción analgésica directa.
Conclusiones
La conexión entre TDAH y dolor crónico ya no puede descartarse como una coincidencia anecdótica. Estudios clínicos, poblacionales y de registros sanitarios encuentran una coexistencia elevada con dolor persistente, migraña, fibromialgia y algunas condiciones médicas.
Sin embargo, la evidencia no autoriza una conclusión única.
El estudio japonés de 2026 detectó más rasgos de TDAH en pacientes con dolor resistente al tratamiento, pero utilizó cribados y un diseño transversal. El trabajo británico sobre hipermovilidad encontró un patrón prometedor, aunque en una muestra pequeña. La asociación con migraña aparece de forma relativamente consistente, mientras que la posible relación causal con enfermedades autoinmunes continúa siendo incierta y varía según el método de investigación.
La idea más útil no es buscar una sola molécula que explique todo. Es comprender que la atención, el sueño, el estrés, la emoción, el tejido conectivo, el procesamiento sensorial, los hábitos y la enfermedad física pueden formar sistemas que se influyen mutuamente.
Para la persona que vive con ambas condiciones, recibir una atención integrada puede significar algo muy concreto: dejar de escuchar que todo está “en su cabeza”, pero también dejar de ignorar que el funcionamiento psicológico y ejecutivo modifica la manera en que el cuerpo se cuida, se recupera y enfrenta el dolor.
¿Y ahora?
Si tienes TDAH y también vives con migrañas, dolor persistente, fatiga o lesiones frecuentes, registra durante algunas semanas tus síntomas, horarios de sueño, detonantes, medicación y nivel de funcionamiento. Lleva esa información a un profesional de salud para valorar cada problema de forma coordinada.
Un cuestionario en internet puede orientar, pero no confirma TDAH, fibromialgia, hipermovilidad ni una enfermedad autoinmune. La meta no es acumular etiquetas, sino construir una explicación clínica que permita elegir mejores intervenciones.
Referencias
- Kasahara, S., Aono, S., Takatsuki, K. y colaboradores. Attention-deficit/hyperactivity disorder and autism spectrum disorder in chronic pain: a study in Japanese pain centers. Scientific Reports, 16, 10544, 2026. doi:10.1038/s41598-026-45300-y.
- Quadt, L., Savage, G., Bond, R., Davies, K. A., Critchley, H. D. y Eccles, J. A. Likely neurodivergence and variant connective tissue in patients with chronic pain/chronic fatigue: a case-control study. Journal of Psychiatric Research, 197, 125–132, 2026.
- Fasmer, O. B., Halmøy, A., Oedegaard, K. J. y Haavik, J. Adult attention deficit hyperactivity disorder is associated with migraine headaches. European Archives of Psychiatry and Clinical Neuroscience, 261, 595–602, 2011.
- Hansen, T. F. y colaboradores. Comorbidity of migraine with ADHD in adults. BMC Neurology, 18, 147, 2018. doi:10.1186/s12883-018-1149-6.
- Hsu, T. W. y colaboradores. Attention deficit hyperactivity disorder and risk of migraine: a nationwide longitudinal study. Headache, 2022.
- Libutzki, B., Neukirch, B., Reif, A. y Hartman, C. A. Somatic burden of attention-deficit/hyperactivity disorder across the lifecourse. Acta Psychiatrica Scandinavica, 150(2), 105–117, 2024. doi:10.1111/acps.13694.
- Zhou, Y. y colaboradores. Investigating the causal relationships between attention-deficit/hyperactivity disorder and autoimmune diseases: evidence from Mendelian randomization study. Medicine, 2025.
- Schnorr, I. y colaboradores. Inflammatory biotype of ADHD is linked to chronic stress: a data-driven analysis of the inflammatory proteome. Translational Psychiatry, 14, 37, 2024. doi:10.1038/s41398-023-02729-3.
- Treister, R. y colaboradores. Alterations in pain response are partially reversed by methylphenidate in adults with attention deficit hyperactivity disorder. Pain Practice, 2015.
- Zain, E., Al Sayegh, F. y colaboradores. Methylphenidate improved chronic pain in an adult patient with attention deficit hyperactivity disorder. Clinical Case Reports, 2023.





Sé la primera persona en dejar una reflexión.