El doomscrolling nos hace buscar noticias negativas sin parar, aunque nos haga sentir peor. La psicología explica por qué ocurre y cómo frenarlo sin culpa.
Hay hábitos que parecen pequeños, pero que terminan diciendo mucho de cómo estamos por dentro. Uno de ellos es ese impulso de seguir deslizando el dedo por la pantalla aunque ya sepamos que lo que viene no nos va a hacer bien. Eso es doomscrolling: consumo repetitivo de noticias negativas o contenido alarmante, muchas veces de forma compulsiva, incluso cuando la experiencia ya se volvió incómoda o emocionalmente pesada. Una revisión reciente de 2026 encontró asociaciones consistentes entre doomscrolling y ansiedad, depresión, estrés y menor resiliencia, y además señaló que la evidencia apunta a mecanismos como la rumiación, el agotamiento emocional y la intolerancia a la incertidumbre.
La pregunta interesante no es solo por qué lo hacemos, sino por qué cuesta tanto detenerlo. Porque, en teoría, nadie quiere sentirse peor. Sin embargo, muchas personas siguen entrando una y otra vez a feeds, titulares y actualizaciones que les dejan el cuerpo tenso y la mente acelerada. Ahí está el punto: el problema no es falta de información, sino una forma de búsqueda de control que termina alimentando el malestar. La Mental Health Foundation describe que este patrón puede hacernos sentir más ansiosos, tristes o abrumados, aunque a corto plazo también nos dé la sensación de estar informados o preparados.
Por qué la mente se engancha
El doomscrolling suele aparecer cuando la mente siente que necesita resolver algo que todavía no está resuelto. Si hay incertidumbre, amenaza o sensación de desorden, mirar una noticia más parece una forma de recuperar estabilidad. El problema es que esa búsqueda rara vez termina en calma; más bien suele terminar en más activación. La revisión de 2026 lo resume bien: la rumiación y la intolerancia a la incertidumbre aparecen como piezas centrales para entender este hábito.
Esto conecta con algo muy conocido en psicología: la intolerancia a la incertidumbre se asocia con ansiedad. Cuando una persona siente que no tolera bien “no saber”, tiende a buscar certeza de manera repetitiva, y esa búsqueda puede volverse compulsiva. En ese contexto, revisar noticias una y otra vez no es solo curiosidad; también puede funcionar como conducta de seguridad, una manera de calmar una incomodidad interna que vuelve poco después.

El ciclo que lo vuelve tan difícil de cortar
Muchos hábitos digitales no se sostienen por placer, sino por alivio. Leer una noticia negativa puede generar tensión, pero también la promesa de “enterarse antes”, “entender qué está pasando” o “no quedarse atrás”. Esa mezcla hace que el cerebro relacione el acto de revisar con una especie de preparación psicológica. El problema es que el alivio es corto y el costo emocional puede durar más. La Mental Health Foundation señala precisamente esa paradoja: el contenido online puede hacernos sentir más informados y en control, pero también más nerviosos, tristes o sobrepasados.
Además, en contextos de crisis o de noticias muy cargadas emocionalmente, la exposición repetida puede amplificar el malestar en lugar de regularlo. Un estudio publicado en 2025 sobre incertidumbre mediática encontró que la preocupación alimentaba más consumo de noticias y doomscrolling, y que ese aumento de exposición a su vez incrementaba emociones negativas y preocupación posterior. Es decir, se forma un bucle: ansiedad, más consumo, más ansiedad.
No es solo “falta de voluntad”
Muchas personas se culpan por hacerlo. Piensan que simplemente “deberían dejar el teléfono” o “deberían tener más autocontrol”. Pero esa explicación se queda corta. El doomscrolling no solo depende de fuerza de voluntad; también depende del estado emocional previo, de la facilidad de acceso, de cómo están diseñadas las plataformas y de cuánta incertidumbre está atravesando la persona en ese momento. La revisión de 2026, de hecho, señala que la evidencia disponible todavía es limitada, pero consistente en mostrar que no hablamos de un capricho aislado, sino de un patrón psicológicamente comprensible.
Eso importa porque cambia la conversación. No se trata de regañarse, sino de entender el contexto. Hay días en los que el cerebro busca más amenaza porque se siente vulnerable. Hay etapas en las que la mente quiere “vigilar” todo por miedo a perderse algo importante. Y hay momentos en los que el scroll negativo funciona como una forma muy torpe, pero muy humana, de intentar anticiparse al dolor.
Qué pasa después de un rato
El costo del doomscrolling no siempre se siente de inmediato. A veces la persona apenas nota que pasó media hora más. Otras veces lo detecta porque el cuerpo ya está tenso, la respiración cambió o aparece una sensación rara de vacío, irritación o cansancio mental. La literatura reciente ha relacionado este hábito con estados como ansiedad, estrés, depresión y menor resiliencia, así que no estamos hablando de una simple molestia pasajera.
Hay algo particularmente delicado: el doomscrolling puede dar la ilusión de estar haciendo algo útil. Pero, en muchas ocasiones, lo que hace en realidad es prolongar el estado de activación emocional. Cuando una mente ansiosa consume más contenido amenazante, no siempre encuentra respuestas; a veces solo encuentra más material para preocuparse. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, cambia bastante la experiencia interna.

Señales de que ya te está costando
No hace falta esperar a que el problema sea grave para poner atención. Una señal clara es cuando abres noticias “solo un momento” y terminas atrapado más tiempo del que querías. Otra es cuando sientes que necesitas seguir leyendo aunque ya estés más tenso que informado. También puede pasar que el contenido negativo te acompañe al dormir, interrumpa tu concentración o te deje una sensación de saturación difícil de apagar. La evidencia reciente sugiere que este patrón no es inocente: se relaciona con mayor malestar psicológico y menor capacidad de recuperación emocional.
Otra señal es más fina: cuando dejas de consumir noticias para estar mejor, pero vuelves a ellas porque te inquieta no saber qué está pasando. Ahí ya no se trata solo de interés informativo. Se parece más a un ciclo de vigilancia emocional. Y cuando la vigilancia se vuelve repetitiva, el cuerpo lo nota antes que la mente.
Qué ayuda de verdad
La salida no suele ser “dejar todo” de golpe, porque eso casi nunca se sostiene. Lo que más ayuda es volver el consumo más intencional. La Mental Health Foundation recomienda medidas sencillas para una relación más sana con las noticias: decidir cuándo y cómo informarte, evitar la exposición infinita y cuidar el efecto emocional que te deja cada sesión de lectura. No se trata de vivir desconectado, sino de consumir con límites.
También ayuda identificar el momento de mayor vulnerabilidad. Hay personas que doomscrollean más de noche, otras al despertar y otras cuando se sienten solas, frustradas o sin control. Si ya sabes cuál es tu disparador, puedes intervenir antes de que el hábito te arrastre. Muchas veces no hace falta una estrategia compleja: basta con no abrir la aplicación en los momentos donde tu mente está más sensible. Esa clase de ajuste simple suele ser más útil que pelear contra uno mismo. Esta recomendación es una inferencia práctica basada en los mecanismos descritos por la revisión reciente y en la orientación de consumo saludable de noticias.
Otra idea útil es reemplazar el consumo pasivo por una acción concreta. Si una noticia te preocupa, pregúntate qué sí puedes hacer con esa información. A veces la respuesta será ninguna, y reconocerlo ya baja bastante la carga. Otras veces sí habrá una acción pequeña: hablar con alguien, pausar el teléfono, revisar una fuente confiable o simplemente cerrar la aplicación. Esa diferencia entre informarse y quedar atrapado es el centro del problema.
Conclusión
El doomscrolling no es un defecto de carácter ni una rareza aislada. Es una respuesta muy humana a la incertidumbre, a la amenaza y al deseo de anticiparnos a lo que nos asusta. El problema es que, cuando esa búsqueda de control se vuelve repetitiva, termina reforzando justo lo contrario: más ansiedad, más estrés y menos capacidad para regularnos. La evidencia reciente apunta en esa dirección de forma bastante consistente.
Quizá por eso este hábito merece más compasión y menos regaño. A veces no estamos “enganchados” porque sí; estamos intentando calmar algo que no sabemos cómo mirar de frente. Y tal vez el primer paso no sea dejar de enterarnos del mundo, sino aprender a no lastimarnos mientras lo hacemos.
¿Qué hago ahora?
Si últimamente sientes que las noticias te dejan más cargado que informado, vale la pena revisar no solo cuánto consumes, sino cómo te está afectando. A veces el problema no es la noticia; es la forma en que la mente intenta sobrevivir a ella y eso puede hacer que el agotamiento sea duradero y afecte tu bienestar y tu paz, asi que cuida lo que lees, escuchas o a que le dedicas todo tu tiempo ya que es muy valioso.
Referencias
World Health Organization. Social connection linked to improved health and reduced risk of early death (2025).
Mental Health Foundation. Doomscrolling: tips for healthier news consumption.
Türk-Kurtça, T., & Kocatürk, O. E. The influence of doomscrolling on mental health: a scoping review (2026).
Research on intolerance of uncertainty and anxiety, PubMed record (2023).
JMIR study on media-induced uncertainty and doomscrolling (2025).





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