Todas las lecturas
Psicología digital

Farmear aura: la psicología de parecer imperturbable en internet

Durante años hemos hablado de las redes sociales como escaparates: lugares donde elegimos qué fotografía subir, qué parte de nuestra vida mostrar y qué dejar

FenixAutor
24 ago 202616 min de lectura
farmear auraaura farmingautoestimaredes socialespsicología socialidentidad digital
Farmear aura: la psicología de parecer imperturbable en internet

Durante años hemos hablado de las redes sociales como escaparates: lugares donde elegimos qué fotografía subir, qué parte de nuestra vida mostrar y qué dejar fuera. El farmeo de aura lleva esa lógica un poco más lejos. Ya no basta con mostrar algo atractivo. Ahora también se puede puntuar, al menos imaginariamente, la forma en que una persona ocupa el espacio.

Entrar a un lugar sin mirar a nadie. Mantener la calma después de hacer algo extraordinario. Caminar como si hubiera una cámara siguiéndote. Hacer un movimiento innecesariamente elegante. Ignorar una provocación. Lanzar una mirada que parece salida de un anime.

Todo puede sumar “aura”.

Y también perderla.

En agosto de 2026 la broma incluso abandonó parcialmente la pantalla. Jóvenes comenzaron a reunirse en diferentes ciudades para realizar batallas de aura: enfrentamientos en los que dos participantes usan poses, gestos, memes y referencias digitales para demostrar quién proyecta más presencia. En Ciudad de México hubo encuentros frente al Palacio de Bellas Artes el 20 de agosto y, días después, frente al Monumento a la Revolución. El público observa, graba, ríe y decide quién entendió mejor el código.

A primera vista parece otra moda absurda de internet.

Probablemente lo sea.

Pero eso no significa que sea psicológicamente irrelevante.

Porque debajo de la ironía aparece una pregunta bastante antigua: ¿cómo quiero que me vean los demás?

¿Qué significa realmente “farmear aura”?

En el lenguaje actual de internet, “aura” no suele referirse a energías espirituales. Es una especie de abreviatura cultural para hablar de presencia, carisma, estilo o capacidad de impresionar.

“Farmear”, por su parte, viene del lenguaje de los videojuegos: repetir acciones para acumular recursos, experiencia o puntos.

Farmear aura sería, entonces, hacer algo que aumenta simbólicamente nuestro marcador de carisma.

Merriam-Webster lo define como realizar algo para parecer cool, impresionante o elegante, con un elemento importante: debe dar la impresión de que no se está intentando demasiado.

Ahí está buena parte del chiste.

Si alguien se esfuerza demasiado por tener aura, puede perderla.

La persona verdaderamente “aura” debería parecer indiferente a su propia aura.

La expresión comenzó a circular con fuerza durante 2024. Uno de los primeros usos documentados del término completo apareció en TikTok en enero de ese año, aunque no existe evidencia suficiente para adjudicar su creación a una sola persona. El vocabulario gamer y la cultura del anime ayudaron posteriormente a popularizarlo.

En 2025 el concepto ganó una nueva dimensión cuando se viralizó Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio que bailaba con extraordinaria tranquilidad sobre la proa de una embarcación durante la tradicional carrera Pacu Jalur. Él no inventó el farmeo de aura y, de hecho, su baile no había sido creado para el meme. Internet simplemente encontró en aquella combinación de equilibrio, serenidad y estilo una representación casi perfecta de lo que ya llamaba “aura farming”.

Después llegó lo inevitable: imitaciones, puntuaciones imaginarias, “+1000 de aura”, “-5000 de aura” y, finalmente, competencias presenciales.

La parte interesante no es el aura: es la puntuación

Los seres humanos siempre hemos intentado controlar la impresión que generamos.

Mucho antes de Instagram elegíamos cómo vestir para una cita, qué contar durante una entrevista de trabajo o cómo comportarnos frente a personas cuya opinión nos importaba.

El sociólogo Erving Goffman describió hace décadas la vida social utilizando una metáfora teatral: según el contexto, presentamos determinadas versiones de nosotros mismos ante distintas audiencias.

Las redes sociales no inventaron esa actuación.

Lo que hicieron fue volverla visible, editable y cuantificable.

Likes. Seguidores. Visualizaciones. Comentarios. Compartidos.

El farmeo de aura lleva esa lógica hasta la parodia: inventa una métrica que ni siquiera existe y empieza a utilizarla como si existiera.

Tropezaste frente a todos: -1000 de aura.

Atrapaste algo que estaba cayendo sin mirar: +5000.

Contestaste una provocación con absoluta tranquilidad: aura infinita.

La gracia funciona precisamente porque quienes participan entienden que la puntuación es ficticia. Sin embargo, la lógica psicológica que caricaturiza es bastante real: vivimos en espacios donde una parte de nuestra conducta está permanentemente expuesta a evaluación social.

Imagen complementaria del artículo

Parecer que no te importa también comunica algo

Hay otra paradoja especialmente interesante.

Buena parte del aura contemporánea consiste en parecer unbothered: tranquilo, inexpresivo, difícil de impresionar, poco necesitado de aprobación.

Pero esforzarse por parecer que no necesitas aprobación puede convertirse, precisamente, en otra forma de buscarla.

No necesariamente ocurre así en todos los casos. Una persona puede participar simplemente porque el meme le parece divertido. Otra puede usarlo como juego entre amigos. Otra puede disfrutar actuando.

El error sería interpretar automáticamente cada pose como inseguridad encubierta.

La psicología actual de la regulación emocional, de hecho, ha ido abandonando la idea simplista de que existen estrategias universalmente “buenas” o “malas”. Una revisión sistemática publicada en Clinical Child and Family Psychology Review destaca la importancia de la flexibilidad regulatoria: poder expresar, contener o modificar una emoción dependiendo del contexto, en lugar de utilizar siempre la misma respuesta.

A veces mantener una expresión tranquila es útil.

El problema aparece cuando dejar de parecer tranquilo se siente peligroso.

Una lectura desde la TCC: “si me ven vulnerable, pierdo”

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, una conducta importa tanto por su apariencia como por la función que cumple.

Imaginemos a alguien que ha aprendido una regla interna parecida a esta:

“Si parezco nervioso, los demás se darán cuenta y quedaré en ridículo.”

O:

“Para que me respeten tengo que verme seguro todo el tiempo.”

Actuar despreocupado puede convertirse entonces en una conducta de seguridad. La persona consigue atravesar situaciones sociales, pero atribuye el resultado a la máscara: “salió bien porque no dejé que nadie notara cómo me sentía”.

Eso puede impedir comprobar algo más importante: quizá podía sentirse nervioso, equivocarse o mostrarse inseguro y aun así seguir siendo aceptado.

El circuito se refuerza todavía más cuando la respuesta social es favorable.

Publicas algo. Funciona.

Repites el estilo.

Una vez recibe veinte reacciones. Otra vez recibe diez mil.

No hace falta describir las redes como una máquina perfectamente diseñada para “adiccionar” a todo el mundo. Basta reconocer que ofrecen feedback rápido, visible y variable, lo que facilita aprender qué versiones de nosotros reciben más atención.

Poco a poco puede aparecer una pregunta incómoda:

¿Estoy haciendo esto porque me gusta o porque esta versión de mí funciona mejor frente a una audiencia?

DBT y la diferencia entre regular una emoción y desaparecerla

Una lectura inspirada en DBT permite añadir otro matiz.

Regular una emoción no significa eliminarla ni obedecerla siempre.

Podemos sentir vergüenza y continuar hablando. Podemos estar nerviosos y hacer una broma. Podemos necesitar unos minutos antes de responder. Incluso podemos utilizar humor, ironía o una determinada “persona” para atravesar un momento incómodo.

Eso no es necesariamente evitación.

La cuestión está en la rigidez.

Una persona psicológicamente flexible puede decir: “ahora me sirve reírme de esto” y, en otro contexto, reconocer que algo le dolió.

Cuando la identidad depende de no romper nunca el personaje, la situación cambia.

“No me importa” deja de ser una respuesta posible y se transforma en una obligación.

La dialéctica interesante no está entre tener aura o ser auténtico, sino entre poder jugar con una imagen y seguir teniendo acceso a lo que existe debajo de ella.

El farmeo de aura también puede ser una forma de explorar quién soy

Existe un riesgo frecuente cuando los adultos analizan comportamientos adolescentes: convertir cualquier código generacional nuevo en síntoma.

No todo experimento identitario es una crisis de identidad.

Una revisión sistemática publicada en Adolescent Research Review, que reunió 32 estudios y datos de 19,658 adolescentes, encontró algo especialmente útil para interpretar estos fenómenos: para el desarrollo de la identidad parece importar más qué hacen los jóvenes en redes sociales que simplemente cuánto tiempo pasan en ellas.

La participación activa puede formar parte de la exploración identitaria. Probar estilos, personajes y formas distintas de presentarse no es necesariamente negativo.

Al mismo tiempo, la revisión encontró que una presentación más auténtica se relacionaba con una mayor claridad del autoconcepto, mientras que la comparación social se asociaba con mayor exploración y también con mayor malestar relacionado con la identidad. Los propios autores advierten que buena parte de la evidencia disponible es correlacional, por lo que no puede establecerse una causalidad simple.

Ese matiz importa mucho.

El adolescente que juega a ser misterioso no necesariamente está perdiendo su identidad.

Quizá está ensayando una.

Imagen complementaria del artículo

Entonces, ¿qué ocurre con la autoestima?

Aquí aparece probablemente la frontera más importante.

No es lo mismo disfrutar que otros piensen que eres cool que necesitarlo para sentir que vales algo.

La autoestima no permanece idéntica durante todo el día. Nuestra evaluación personal puede fluctuar después de un éxito, un rechazo o una comparación. Las redes simplemente introducen muchas más oportunidades para comprobar dónde creemos estar respecto a los demás.

Un estudio con adolescentes que registraron sus comparaciones en redes tres veces al día durante dos semanas encontró que, en los momentos en que realizaban comparaciones ascendentes —percibir la vida de otra persona como mejor que la propia— también reportaban peor autoestima momentánea. Las comparaciones laterales, con personas percibidas como similares, eran considerablemente más frecuentes y no mostraban ese mismo patrón consistente.

Esto ayuda a evitar otro titular simplista: compararse no destruye automáticamente la autoestima.

Importan la dirección, el significado y la frecuencia de esa comparación.

Con el aura puede ocurrir algo parecido.

El problema no sería querer “sumar puntos” alguna vez. Sería empezar a vivir pendiente del marcador.

Si después de publicar una fotografía, hablar frente a un grupo o simplemente vestirse de determinada manera la primera pregunta es siempre “¿cómo me habré visto?”, la atención empieza a desplazarse desde la experiencia hacia la observación permanente de uno mismo.

Y entonces el yo deja de ser solamente quien vive la escena.

También se convierte en quien la vigila desde fuera.

¿Cuándo la máscara protege y cuándo empieza a encerrar?

Podemos distinguir una estrategia social relativamente sana de una problemática atendiendo a algo más útil que la conducta visible: cuánta libertad conserva la persona.

Una máscara sigue siendo flexible cuando puedes ponértela y quitártela. Cuando te permite divertirte, acercarte a otros o tolerar una situación incómoda sin obligarte a negar lo que sientes.

Empieza a convertirse en armadura cuando:

necesitas mantenerla incluso con personas seguras;

una situación vergonzosa afecta de forma desproporcionada tu valoración personal;

dependes cada vez más de reacciones, comentarios o aprobación para sentirte bien;

evitas actividades que podrían hacerte parecer torpe, sensible o poco interesante;

o descubres que sabes perfectamente qué versión de ti funciona en internet, pero cada vez tienes menos claro quién eres cuando nadie está mirando.

La diferencia central podría resumirse así:

un recurso sano amplía tus posibilidades; uno destructivo empieza a reducirlas.

El aura de hoy puede ser el cringe de mañana

Hay algo curioso en observar una tendencia adolescente cuando uno ya no pertenece exactamente a la generación que la creó.

Para alguien de treinta años, una batalla de aura puede parecer genuinamente ridícula: dos personas haciendo poses frente a un grupo que decide cuál proyectó más presencia, mientras alrededor aparecen teléfonos grabándolo todo.

La reacción es comprensible.

Pero también conviene hacer un pequeño ejercicio de memoria.

Quienes hoy rondan los treinta crecieron durante la explosión de las primeras redes sociales, los fotologs, MySpace, Metroflog, Messenger y YouTube. Vieron aparecer tribus urbanas con códigos estéticos muy marcados. Hubo emos, floggers, scene kids, skaters, Tecktonik y otras identidades que podían reconocerse por la ropa, el cabello, la música, la forma de fotografiarse o incluso la manera de ocupar ciertos espacios públicos.

Después llegaron fenómenos digitales como el Harlem Shake: grupos completos organizándose para grabar unos segundos deliberadamente absurdos y compartir después su propia versión en internet.

Visto desde 2026, parte de aquello puede provocar nostalgia.

Otra parte provoca vergüenza ajena.

Y precisamente ahí aparece una pregunta interesante:

¿el farmeo de aura es objetivamente mucho más absurdo que nuestras propias formas adolescentes de pertenecer o simplemente ya no entendemos el código desde dentro?

No significa que todas estas tendencias sean iguales. La tecnología, los algoritmos y la exposición actuales sí han cambiado profundamente la escala y velocidad con que una conducta puede difundirse.

Pero la necesidad psicológica de fondo resulta bastante familiar.

Un estudio realizado en México alrededor del fenómeno Harlem Shake encontró que participar en la creación y reinterpretación del meme podía funcionar como una forma de autoafirmación colectiva y pertenencia a una comunidad que compartía los mismos referentes. El meme no era únicamente un video absurdo: entenderlo, reproducirlo y transformarlo significaba también demostrar que uno pertenecía al grupo que comprendía la broma.

Investigaciones sobre la cultura emo encontraron algo parecido. Para muchos adolescentes, aquella estética que desde fuera podía parecer exagerada funcionaba como un marcador de identidad, una forma de encontrar pares y construir relaciones sociales tanto dentro como fuera de internet.

El aura cambia la estética.

No necesariamente cambia la necesidad.

Antes podías demostrar pertenencia usando cierto fleco, escuchando determinadas bandas, aprendiendo un baile o publicando una fotografía tomada desde exactamente el ángulo que todo tu grupo reconocía.

Hoy puedes sumar imaginariamente “+10,000 de aura”.

Dentro de veinte años, probablemente alguien mirará sus propios videos y preguntará:

“¿Por qué hacíamos esto?”

Y eso también formará parte del proceso.

“Yo también fui joven, pero lo mío no era así”

Hay todavía otra capa más incómoda.

A veces sí recordamos nuestras propias modas adolescentes, pero las utilizamos precisamente para desacreditar las actuales:

“Yo hice cosas ridículas y ahora sé que eran ridículas. Por eso ustedes deberían evitarlo”.

Suena razonable.

El problema es que estamos comparando a una persona que ya vivió las consecuencias, cambió y reinterpretó su adolescencia con otra que todavía está atravesando ese periodo.

Nosotros conocemos el final de nuestra historia.

Ellos todavía están escribiendo la suya.

La psicología ha documentado una tendencia relacionada con esto. En una serie de cinco estudios, los investigadores John Protzko y Jonathan Schooler encontraron que los adultos tienden a percibir a los jóvenes contemporáneos como deficientes respecto a generaciones anteriores.

Lo interesante fue descubrir parte del mecanismo.

Nuestra memoria sobre la juventud no funciona como una grabación perfecta. Tendemos a reconstruir el pasado desde quienes somos actualmente. Una persona adulta disciplinada puede sobreestimar cuánto lo era cuando tenía quince años; alguien que hoy lee mucho puede recordar a su generación como particularmente interesada en la lectura.

Después compara esa versión reconstruida del pasado con adolescentes reales que tiene enfrente.

El resultado puede ser la impresión de que “antes éramos diferentes”.

Los autores denominaron a este fenómeno el “kids these days effect”: la recurrente percepción de que los jóvenes actuales están deteriorándose respecto a los anteriores, una queja que, de distintas formas, lleva apareciendo durante generaciones.

Esto no significa que toda crítica generacional sea falsa.

TikTok no es MySpace.

Un algoritmo capaz de mostrar un video a millones de personas introduce dinámicas de validación que un adolescente de 2008 difícilmente experimentaba a esa escala. Tampoco todas las tendencias son inocuas simplemente porque las generaciones anteriores tuvieron las suyas.

Pero reconocer nuestros propios rituales adolescentes cambia la pregunta.

En lugar de:

“¿Por qué los jóvenes hacen estas tonterías?”

podríamos preguntar:

“¿Qué función cumple esta tontería para quienes participan en ella?”

Porque algo puede ser absurdo y significativo al mismo tiempo.

De hecho, buena parte de la cultura juvenil funciona exactamente así.

Imagen complementaria del artículo

La distancia generacional también modifica el significado

Probablemente tampoco reaccionamos igual a todas las modas juveniles según nuestra posición respecto a ellas.

Quien tiene treinta años puede encontrarse en una zona particularmente curiosa: está suficientemente lejos de la adolescencia actual para no entender espontáneamente todos sus códigos, pero suficientemente cerca para reconocer la lógica de internet que existe detrás.

Por eso puede aparecer cierta vergüenza retrospectiva:

“Yo hice cosas parecidas. Ahora me parecen ridículas. No quiero volver a verlas repetidas”.

Una persona mucho mayor podría vivirlo de otra manera: como otra extravagancia juvenil entre muchas que ha visto aparecer y desaparecer.

Y un adolescente puede encontrar perfectamente normal algo que para ambos resulta incomprensible.

No conviene convertir estas posibilidades en reglas rígidas —no existe evidencia para decir que todas las personas de treinta, cincuenta o setenta años reaccionan así—, pero sí muestran algo importante:

cuando juzgamos una tendencia juvenil no observamos solamente la conducta. También la observamos desde nuestra propia historia.

Quizá por eso las guerras generacionales alrededor de estas modas terminan siendo tan repetitivas.

Cambian el peinado, el baile, la plataforma y el vocabulario.

La necesidad de diferenciarse de los adultos, encontrar a los propios, probar identidades y hacer cosas que probablemente algún día nos avergonzarán parece bastante más resistente al paso del tiempo.

Conclusión: quizá todos farmeamos un poco de aura

El término probablemente cambiará. Tal vez dentro de quince años sean los adolescentes que hoy farmean aura quienes observen otra tendencia y piensen que la nueva generación ha perdido completamente el sentido del ridículo.

Si ocurre, también habrá algo profundamente humano en ello.

Porque crecer no solo consiste en abandonar algunos códigos de nuestra juventud. A veces consiste también en olvidar por qué alguna vez tuvieron sentido para nosotros.

Todos administramos, en cierta medida, la impresión que generamos.

Elegimos qué contar.

Intentamos parecer competentes cuando estamos nerviosos.

Nos vestimos distinto para determinados lugares.

Ocultamos algunas inseguridades.

Exageramos otras virtudes.

La diferencia contemporánea es que internet convirtió ese proceso en contenido y después inventó un marcador imaginario para puntuarlo.

Por eso el farmeo de aura resulta psicológicamente más interesante de lo que parece. No porque revele una generación superficial o emocionalmente dañada, sino porque condensa varias tensiones muy humanas: querer pertenecer sin parecer necesitado, destacar sin parecer que lo intentamos, construir una identidad mientras otros la observan y proteger nuestra vulnerabilidad sin desaparecer detrás de la protección.

Quizá la pregunta más interesante no sea cuánta aura tiene alguien.

Sino algo bastante menos visible:

¿seguirías haciendo lo mismo si nadie estuviera mirando?

 

¿Y ahora?

Las tendencias digitales cambian rápido, pero muchas de ellas hablan de necesidades humanas bastante antiguas. Entenderlas sin ridiculizarlas ni patologizarlas puede abrir conversaciones más útiles sobre autoestima, identidad, pertenencia y la forma en que aprendemos a relacionarnos con la mirada de los demás.

En Fenix puedes encontrar más artículos sobre psicología, emociones, relaciones y cultura digital desde un enfoque cercano y basado en evidencia.

Referencias

Avci, H., Baams, L. & Kretschmer, T. (2025). A Systematic Review of Social Media Use and Adolescent Identity Development. Adolescent Research Review, 10, 219–236. DOI: 10.1007/s40894-024-00251-1.

Haag, A. C., Bagrodia, R. & Bonanno, G. A. (2024). Emotion Regulation Flexibility in Adolescents: A Systematic Review from Conceptualization to Methodology. Clinical Child and Family Psychology Review, 27, 697–713. DOI: 10.1007/s10567-024-00483-6.

Burnell, K., Trekels, J., Prinstein, M. J. & Telzer, E. H. (2024). Adolescents' Social Comparison on Social Media: Links with Momentary Self-Evaluations. Affective Science, 5, 295–299. DOI: 10.1007/s42761-024-00240-6.

Vanhoffelen, G., Schreurs, L., Meeus, A., Janssens, N., Beullens, K. & Vandenbosch, L. (2025). BeReal, Be Happy? Examining the relationships between authentic self-presentations on BeReal and adolescents’ self-esteem. New Media & Society, 27, 2273–2292. DOI: 10.1177/14614448231207783.

Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.

Merriam-Webster. (2025). Aura farming — Slang Meaning. Actualizado el 22 de diciembre de 2025.

Euronews. (22 de agosto de 2026). ¿Qué es “farmear aura”? Las extrañas batallas virales que han saltado de TikTok a las calles.

Cuartoscuro. (20 de agosto de 2026). Batalla de aura en Bellas Artes, registro fotográfico de la Ciudad de México.

Protzko, J., & Schooler, J. W. (2019). Kids these days: Why the youth of today seem lacking. Science Advances, 5(10), eaav5916. DOI: 10.1126/sciadv.aav5916.

Pérez Salazar, G., Aguilar Edwards, A., & Guillermo Archilla, M. E. (2014). El meme en internet: Usos sociales, reinterpretación y significados, a partir de Harlem Shake. Argumentos, 27(75), 79–100.

Seganti, F. R., & Smahel, D. (2011). Finding the meaning of emo in youths' online social networking: A qualitative study of contemporary Italian emo. First Monday, 16(7). DOI: 10.5210/fm.v16i7.3197.

Una pausa útil en tu correo.

Lecturas y recursos de FenixApp, sin ruido.

Conversación cuidada

Reflexiones 0

Cuidamos este espacio. El spam y los mensajes agresivos pasan a revisión.

Sé la primera persona en dejar una reflexión.

Sigue explorando

Más lecturas para ampliar la conversación.